‘Magnifica Humanitas’: el papel de la familia en la primera encíclica de León XIV
Se ha hecho pública la primera carta encíclica de León XIV: Magnifica humanitas, un documento que aborda la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Aunque el texto se ha hecho público 10 días después, la encíclica fue firmada el 15 de mayo, coincidiendo con el 135.º aniversario de la significativa encíclica Rerum novarum del predecesor del pontífice, León XIII, a la que el Santo Padre hace alusión de forma directa.
El texto abre presentando un dilema que concierne al conjunto de las personas, cualquiera que sea su condición: “La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”. León XIV analiza la humanidad contemporánea para afirmar con rotundidad que “nunca la humanidad tuvo tanto poder sobre sí misma”.
Se refiere concretamente a los retos que presenta la inteligencia artificial, acercándose a la cuestión dentro de un espíritu de continuidad de la Doctrina Social de la Iglesia. Por ese motivo, no aborda el reto como una cuestión meramente técnica, sino analizando un cambio de época que obliga a discernir qué visión del hombre, de la libertad, de los vínculos y del bien común sostiene la transformación digital. La introducción presenta las nuevas res novae y contrasta dos imágenes bíblicas —Babel y la reconstrucción de Jerusalén— para distinguir entre una técnica orientada al dominio y una construcción social basada en la comunión y la responsabilidad compartida. El capítulo primero recorre el desarrollo del Magisterio social desde León XIII hasta hoy, mencionando los puntos fundamentales de los documentos que han vertebrado esta doctrina. En el segundo, el Santo Padre expone los fundamentos de la dignidad humana, los derechos, el bien común, la subsidiariedad, la solidaridad, la justicia social y el desarrollo humano integral. En este punto, la encíclica asevera:
Son las personas concretas las que cuentan, cada una de ellas y sus familias. Los movimientos sociales, las grandes proclamas políticas en favor del pueblo y las ideologías comunitarias no sirven para nada si no están orientadas a la promoción de las personas —hombres y mujeres— con sus derechos inalienables (n. 58)
A lo largo del tercer capítulo, el pontífice se centra en el análisis del paradigma tecnocrático, la inteligencia artificial, la gobernanza, el transhumanismo, el posthumanismo y el límite humano. Ya el cuarto ahonda en la verdad, especialmente en el ámbito de la comunicación, la educación y el trabajo, centrándose en las familias, los jóvenes, la libertad y las nuevas dependencias en el contexto de una sociedad digital. Es entonces cuando realiza esta fuerte aseveración: “Quienes disponen de poderosos recursos técnicos y económicos —y, con ellos, también de muchos recursos humanos para intervenir— tienen una gran capacidad para provocar cambios culturales y, en última instancia, para convencer a un número significativo de personas acerca de cuál es la verdad sobre el ser humano, sobre el mundo, sobre el sentido de la existencia, sobre la familia, e incluso sobre Dios. Se trata de puro poder carente de verdad, que impone sutil o abiertamente lo que quiere que los demás consideren como verdadero. Detrás de todo ello hay una raíz enferma difícil de reconocer: el hecho de que «el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad”; y mencionado a san Juan Pablo II recuerda cómo el papa polaco “reflexionó sobre las consecuencias de la “crisis en torno a la verdad”, llegando a afirmar que, «abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer, ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia»”.
También en ese capítulo, al tratar los retos a los que se enfrenta la radical transformación de los procesos educativos, el papa afirma que “es indispensable una alianza entre la política, las instituciones educativas y las familias, capaz de sostener de manera concreta a los adultos en su tarea”. Es también entonces cuando el papa afirma:
La familia es un bien social primario. Fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, es el primer entorno en el que cada persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende las primeras formas de verdad y bondad, interiorizando hábitos que la preparan para la vida en sociedad. La familia, la primera sociedad natural, dotada de derechos originales, es la célula fundamental e insustituible de toda organización comunitaria. En consecuencia, cuando los proyectos políticos y las decisiones económicas importantes la relegan a un papel marginal o secundario, se compromete el crecimiento auténtico de todo el cuerpo social.
La familia es, sin embargo, un bien social frágil, que se ve afectado de forma inmediata por las transformaciones económicas y tecnológicas que están cambiando el mundo laboral, y que requiere apoyo cultural, jurídico y económico.
León XIV aborda en el quinto capítulo la cultura del poder, la guerra, las armas, la IA militar, la diplomacia y la necesidad de comprometerse en la construcción de la civilización del amor, antes de concluir con una llamada a la esperanza ruto del conocimiento de la Revelación que ilumina estas graves cuestiones.
El texto de la encíclica se encuentra disponible en la web oficial de la Santa Sede:
Por último, León XIV aborda en el quinto capítulo la cultura del poder, la guerra, las armas, la IA militar, la diplomacia y una renovada invitación al compromiso en la construcción de la civilización del amor, concluyendo con la esperanza con la que la Revelación ilumina estas graves cuestiones.
En materia de matrimonio y familia, la encíclica formula una afirmación de especial densidad antropológica: “La familia es un bien social primario.” A partir de ahí, León XIV la describe como fundada en la unión estable entre un hombre y una mujer, primer ámbito donde la persona desarrolla su potencial, toma conciencia de su dignidad y aprende formas elementales de verdad y bondad. La afirmación no queda limitada al plano privado: el documento la vincula con la arquitectura completa de la vida social, al recordar que la familia es sociedad natural, dotada de derechos propios, y célula fundamental de toda organización comunitaria. Por eso, cuando las decisiones políticas o económicas la reducen a un factor secundario, queda afectado el crecimiento del cuerpo social en su conjunto.
La encíclica añade un segundo punto decisivo para el presente: “La familia es, sin embargo, un bien social frágil”. Esa fragilidad se manifiesta especialmente cuando las transformaciones tecnológicas y económicas alteran el mundo del trabajo. León XIV señala el impacto del desempleo y la precariedad en el tejido familiar y advierte que una economía centrada solo en reducir costes o maximizar eficiencia puede erosionar, a largo plazo, las bases de la convivencia. En el caso de los jóvenes, el trabajo no aparece únicamente como ingreso, sino como lugar de identidad, relaciones, amistad, responsabilidad y discernimiento vocacional. De ahí que el texto reclame una creatividad política a favor del empleo, con la familia y las nuevas generaciones en el centro, para que la transición digital no se traduzca en inseguridad, exclusión o imposibilidad práctica de construir un proyecto de vida.
La relación entre familia, crianza y educación aparece también en el análisis de la cultura digital. León XIV advierte de que el acceso temprano y no acompañado al teléfono móvil puede acentuar fragilidades, favorecer adicciones, aislar a los menores y exponerlos al acoso, al ciberacoso y a la presión de compartir imágenes o datos sensibles. El texto explica que los padres no pueden afrontar solos modelos de negocio que monetizan la atención y el tiempo, por lo que pide una alianza entre política, instituciones educativas y familias, con límites de edad, responsabilidad de los proveedores y protección efectiva frente a la explotación y la violencia sexual en internet. En ese mismo marco, recuerda el “derecho primario e inalienable” de los padres a elegir la educación de sus hijos de acuerdo con sus convicciones morales, culturales y religiosas, y presenta la escuela como aliada para que los hijos aprendan a relacionarse, pensar críticamente y adquirir valores sólidos.
La encíclica desarrolla además una línea de fondo sobre las relaciones humanas: la verdad, la comunicación y la formación de la conciencia no pueden quedar subordinadas a la velocidad, la reacción inmediata o la lógica algorítmica. Al afirmar que “la verdad es un bien común”, León XIV sitúa la educación digital en un plano moral y comunitario: proteger a los menores, formar criterio, enseñar a reconocer manipulaciones y custodiar la dignidad propia y ajena también en los entornos digitales. Por eso vincula escuela y familia con una nueva conciencia educativa sobre redes, inteligencia artificial, plataformas de consumo e inversión, datos personales y verificación de la información. La preocupación no es solo tecnológica: afecta a la calidad de las relaciones, a la maduración afectiva, a la libertad interior y a la capacidad de los jóvenes para construir vínculos estables y proyectos de futuro.